Pascual Bravo, autor y profesor de nuestra Escuela  

exposición febrero - abril 2026

Mesa redonda:  24 febrero 2026 18:00 Sala de Consejos ETSAM

Profesor humanista y profesional versátil

Pascual Bravo Sanfeliu (1893-1984) fue uno de los arquitectos más sobresalientes de la generación del 25. La Biblioteca de la ETSAM conserva su archivo profesional gracias a la donación hecha en 2017 por su nieto Jaime Cervera Bravo, catedrático del departamento de Estructuras de esta Escuela.

Natural de Zaragoza, Pascual Bravo se crio en un entorno familiar vinculado a la arquitectura: fue nieto de un constructor aragonés, Pascual Bravo Catalán, e hijo de Julio Bravo Folch, arquitecto provincial de Zaragoza durante el cambio de siglo y responsable de varios edificios de estilo modernista en esa ciudad. En 1912 ingresó en la Escuela de Arquitectura de Madrid, donde fue compañero de estudios de Rafael Bergamín, Luis Blanco-Soler o Pedro Muguruza. Allí entró en contacto, además, con dos profesores que iban a ser fundamentales en su carrera profesional, Antonio Palacios y Modesto López Otero. Tras graduarse en 1918 como número uno de su promoción, se alzó al año siguiente con el primer premio de la Sociedad Central de Arquitectos al mejor trabajo final de curso.

Comenzó entonces a trabajar como ayudante de Palacios, «un raro privilegio» (en palabras de Blanco-Soler) que conllevaba asistirle en las obras que tenía en curso. El arquitecto gallego firmó en esos años varios edificios comerciales, y también una de sus obras mayores, el Círculo de Bellas Artes. A Bravo, Palacios le pareció «una caldera en constante ebullición, que manifestaba en la obra su vocación irrefrenable (...) trazando croquis rápidos, certeros y de una expresividad insuperable». Bravo abrió pronto su propio despacho, pero la amistad entre ambos continuó —el zaragozano fue uno de los testigos de boda de Palacios—, y también su relación profesional. En la década de 1930, Palacios aconsejó a su antiguo alumno sobre el proyecto de la nueva Escuela de Arquitectura de la Ciudad Universitaria; pasada la Guerra Civil, cuando Palacios insistía en proyectos imposibles, como el de la Gran Vía Aérea, Bravo siguió apoyándole; y en 1945, fallecido ya Palacios, asumió sus trabajos pendientes, entre ellos el Santuario de la Gran Promesa de Valladolid, y aceptó varios encargos de antiguos clientes del gallego. La influencia de Palacios en la obra de Bravo, en todo caso, fue limitada. Su huella puede encontrarse en algunos edificios comerciales, como el de la calle de Fuencarral 45, o en los proyectos esbozados previamente por el propio Palacios, como el edificio Mouriño Vilas en Vigo. Sin embargo, no fue Palacios sino Modesto López Otero la figura que más influyó en la carrera de Pascual Bravo, llamándole a participar en el Gabinete de Proyectos de la Ciudad Universitaria de Madrid donde llevará a cabo numerosos proyectos, uno de los cuales fue la Escuela de Arquitectura.

En paralelo a su actividad profesional, Bravo consolidó una brillante trayectoria académica. Profesor de proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid desde 1920, obtuvo plaza como catedrático años después, en 1934. En 1956 fue nombrado director, cargo que desempeñó hasta su jubilación, en 1963. Fue además académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y miembro de las Reales Academias de Sevilla y de San Jorge de Barcelona.

Profesor humanista y profesional versátil, supo ser un «arquitecto completo», como dijo de él López Otero. En su larga carrera —permaneció más de 50 años en activo— convivió con muy diversas corrientes y estilos, que siempre dominó con soltura. En la década de 1930 se aproximó al movimiento moderno, pero no adoptó sus postulados más radicales, recurriendo, cuando lo consideró conveniente, a soluciones de raíz clásica. A veces se le ha encuadrado, por ello, en cierto «racionalismo al margen», aunque su obra no esté lejos del funcionalismo más ortodoxo. De su forma de entender la arquitectura dejó constancia en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes. Allí reflexionó sobre el que consideraba debía ser el principio rector de cualquier proyecto: la «inevitabilidad» inherente a la arquitectura. «Podemos evitar las demás Bellas Artes; pero no podemos evitar la Arquitectura (...) Su profundo impacto sobre las condiciones físicas y morales de la humanidad es lo que hace tan delicada la labor de los arquitectos, y, por tanto, la de sus formadores».

La Ciudad Universitaria

Junto al equipo de jóvenes arquitectos que López Otero conformó para el proyecto de la Ciudad Universitaria —Luis Lacasa, Manuel Sánchez Arcas, Agustín Aguirre y Miguel de los Santos—, el nombre de Pascual Bravo Sanfeliú se nos presenta como uno de los más relevantes en la materialización de este singular conjunto urbano.

A él, precisamente, encomendó López Otero uno de los edificios más distintivos: nuestra Escuela de Arquitectura (1933-36). Por otra parte, a diferencia de otros arquitectos del equipo, Bravo tuvo ocasión de intervenir en tres tiempos bien diferenciados del conjunto universitario: el de la inicial edificación, durante la República; el tiempo de la reconstrucción y ‘resignificación’, tras la Guerra Civil; y, por fin, el del desarrollismo económico de los años sesenta.

 El proyecto para Arquitectura fue uno de los más representativos de las intenciones de renovación arquitectónica que alentaron la idea del conjunto. Su funcional planta —en abierta correspondencia interior/exterior— destaca en el trazado del campus con su gesto audaz y rompedoramente asimétrico. Tras las graves heridas sufridas por la Escuela en la guerra, fue Bravo el responsable de su restauración (1941-43). Como resultaron más afectados los cerramientos, originalmente de ladrillo visto, que la sólida estructura de hormigón calculada por Torroja, el aspecto más señalado en su reconstrucción fue el del ‘cambio de piel’: el recubrir el ladrillo con un chapado de piedra (la misma con que se había singularizado el pórtico principal) transformó la imagen del edificio, aflorando un aire clasicista ajeno a la obra inicial. Por otro lado, Bravo, en colaboración con Aguirre y de los Santos, se ocupó también de la reconstrucción del Hospital Clínico (1941-59), obra magna de Sánchez Arcas y una de las más castigadas en la Batalla de la Universitaria. Concluida la Guerra Civil, la idea primigenia de la Universitaria se vio alterada. No era ya sólo la alegoría —ciudad ideal— del espacio de la creación y transmisión del conocimiento: pasaba a ser el reflejo de un deliberado, exaltado valor rememorativo; uno de los prototipos de lo que Bonet Correa denominara «espacios arquitectónicos para un nuevo orden». Bravo participó también en esa reconversión mediante la monumentalización de un nuevo eje de acceso a la ciudad, la avenida de la Victoria (hoy de la Memoria), en cuyo punto de partida levantó, con López Otero, el gran Arco de Triunfo (1956): si éste marcaba originalmente —como aún se lee en la inscripción del ático de la fachada sureste— el ingreso en la madrileña ‘ciudad de los estudios’ luego, con la apertura de esa avenida, se constituiría, en sentido contrario, como entrada simbólica a la urbe.

En el período desarrollista de los 60, Bravo completó el conjunto que López Otero destinara a ‘zona de las Artes’ con dos grandes edificios: la Escuela de Aparejadores (1959-62) y la Facultad de Bellas Artes (1962-67). Para la primera, situada en una parte del solar de Arquitectura, a menor cota, realizó el proyecto (en colaboración con Carlos López Romero) como ‘continuación’ de aquélla. Y aun concibió la segunda con el propósito de formar un todo con las dos Escuelas precedentes; no obstante, el pequeño lapso entre ellas propició que ya despuntaran aquí dos de las características del campus en el entorno de los setenta: la edificación en altura y la apertura a nuevos discursos formales. Entre otros proyectos que contemplara Bravo para la Ciudad Universitaria, cabe citar —por su relación con la misma— el del monumento al matrimonio Huntington, a situar en el límite con el Parque del Oeste y no llegado a construir. La huella de Bravo en el campus, además de la presencia física de su obra, se ha de medir también por su alto sentido académico; en particular, como catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura (1934) y, más tarde, como director de la misma (1956-63). Una figura, en definitiva, que es muy representativa de la materia y la idea de la Ciudad Universitaria —la manifestación global, como señalara Bohigas, del espíritu de la Generación del 25—; y decir esto conlleva que lo es, también, de una de las experiencias arquitectónico-urbanas más lúcidas, renovadoras y comprometidas de la España del momento.

Un arquitecto completo

Los primeros años de la actividad profesional de Pascual Bravo se desarrollan en Zaragoza, donde realizó importantes proyectos para el Banco de Aragón, la Confederación Hidrográfica del Ebro, los padres jesuitas y viviendas para particulares, estas últimas tanto en Zaragoza como en Madrid. Ciudad en la que trabaja a partir de 1932 como miembro del gabinete técnico de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria.

Tras la muerte de Antonio Palacios en 1945, continuó algunos proyectos iniciados con él, como el del Santuario de la Gran Promesa en Valladolid, y realizó importantes obras en Vigo -edificio de la calle José Antonio, Hotel Lisboa, bloque de viviendas en la calle Pizarro...- y en Madrid -Cine en la calle Princesa, Fábrica Fortis, Sociedad Española del Acumulador Tudor, viviendas en la calle Fuencarral, capilla de Abantos en El Escorial, Escuela de Bellas Artes, Palacio de exposiciones en la Castellana, Escuela de Aparejadores y numerosas viviendas unifamiliares-.

López Otero resume así la obra de Bravo: “dominio de nuestra técnica, destreza en las distribuciones, excelente sentido en todos los recursos de la práctica de la construcción, juntamente con una gran energía imaginativa, quizás no apasionada ni tumultuosa, pero sí mesurada, sin mengua de su personalidad, que se matiza con la finura y perfección de los detalles”.

     
Edificio Comercial y de viviendas, c/ José Antonio 5, Vigo. 1946


Palacio de Ferias y Exposiciones Comerciales, Paseo de la Castellana, Madrid.

 

Acceso al Fondo Bravo del Archivo de la Biblioteca ETSAM

 

Mesa redonda 24/02/2026 18:00 Sala de Consejos ETSAM
con la participación de:
Jaime Cervera
Jorge Díaz
Julián García
Javier Mosteiro

 

 

 


Bravo con los alumnos de Arquitectura en el viaje de estudios
por el Mediterráneo, 1933.


Escuela Superior de Arquitectura 1933


Escuela Técnica de Aparejadores 1959


Escuela Superior de Bellas Artes 1965


Proyecto de Monumento al matrimonio Huntington 1964


 

 

 

 

 

textos: Julián García / Javier Mosteiro
documentación: Jaime Cervera / Marga Suárez
diseño: Susana Feito. digitalización: Rubén Parrado

 

 

 

 

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