Un siglo de la Revista Arquitectura  
 

Primera etapa:  1918-1936 

 

 

Carlos de San Antonio Gómez

     

Arquitectura vio la luz en mayo de 1918 editada por la Sociedad Central de Arquitectos. A partir de 1932 y hasta 1936 que por el estallido de la Guerra Civil dejó de publicarse, fue el órgano oficial del COAM. Finalizada la contienda Arquitectura reaparece en 1941 como Revista Nacional de Arquitectura, órgano del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos. En 1959 Arquitectura recupera su nombre y el COAM su titularidad hasta el presente.

 

La primera etapa de Arquitectura (1918-1936) adquiere singular importancia por ser un momento de crisis de la cultura, del pensamiento, de la política y de la sociedad que afectó a la arquitectura y al arte en general. Son los años de la «Edad de Plata» de la cultura española, del Grupo poético del 27 y de las vanguardias artísticas.

 

Sus páginas recogían la ecléctica cultura arquitectónica del momento como la polémica entre lo culto y lo popular, la tradición y la renovación, lo universal y lo español; junto a las nuevas ideas que llegaban de Europa. Los viejos esquemas historicistas dieron paso –a la vez que convivieron– a las diversas arquitecturas modernas.

 

A su eclecticismo se suma su multidisciplinariedad, en contraste con las revistas actuales en que los contenidos se limitan a la arquitectura de moda. Aunque era una publicación fundamentalmente de arquitectura, sus páginas acogieron artículos de abogados, académicos de Bellas Artes y de Historia, aparejadores, escritores, escultores, historiadores, ingenieros, médicos, periodistas, etc.

 

En una visión no pevsneriana, podríamos destacar en sus contenidos dos arquitecturas modernas: una vanguardia ortodoxa, y otra arquitectura que Tafuri llama clasicismo moderno o arquitectura sin vanguardia.

 

En cuanto a la vanguardia ortodoxa, la búsqueda de una imagen de múltiples rostros: Secesión, Art Déco, Mendelsohn, Wright, Cubismo, Le Corbusier, De Stijl, Bauhaus..., fue constante para muchos arquitectos españoles de aquellos años, que acabó en moda lo mismo que para sus mayores los estilos precedentes.

 

Del historicismo barroco, plateresco o mudéjar, se pasó al sincretismo moderno con esos idiomas a su disposición. El racionalismo, sinónimo de la vanguardia, nacido con vocación antiestilística, terminó por ser un estilo internacional.

 

En este escenario, Mercadal representa la búsqueda de una imagen moderna; Gutiérrez Soto, la práctica permeable a todas las influencias; el Capitol de Feduchi y Eced, la mejor interpretación de una tendencia; Fernández-Shaw, al vanguardista vital; Aizpurúa, la esperanza trágicamente frustrada; y el GATEPAC, lo más “corbusierano”.

 

Frente a las novedosas imágenes de Le Corbusier, Gropius, Mies, De Stijl..., que Mercadal difundía en Arquitectura, Lacasa, Sánchez Arcas, Blanco Soler, Bergamín, Arniches o Domínguez, practicaron una arquitectura moderna alternativa. Para ellos lo moderno no era sinónimo de imágenes inéditas sino el resultado de nuevos planteamientos funcionales y técnicos.

 

Su arquitectura no tenía pretensiones formales, se fundaba en la poética de un clasicismo simplificado análogo al de Tessenow, Behrens o Bonatz; en la prosa de la arquitectura popular, en lo que tiene de racional en el uso de materiales como el ladrillo, en el que la arquitectura holandesa fue su ejemplo; y también en el funcionalismo norteamericano. La fascinación por lo norteamericano, y por los rascacielos, fue notable, porque esa arquitectura, al carecer de los prejuicios de la tradición, no contemplaba ninguna estética a priori. Su finalidad no era la imagen –no consideraban que la ausencia de decoración fuera consustancial a la arquitectura moderna– sino su funcionamiento.

 

Arquitectura jugó un papel único en la difusión de la nueva arquitectura, ya que, como señala Tafuri: “muchos arquitectos progresistas madrileños se agruparon en los años veinte en torno a la revista Arquitectura, en la que colaboran, en particular después de 1927, los representantes más avanzados de la cultura europea” (Tafuri & Dalco, Arquitectura contemporánea, Madrid, Aguilar, 1980, p. 272).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Segunda etapa:  1941-1973  Ana Esteban Maluenda

 

Tras la pausa provocada por la Guerra Civil, la publicación reapareció en 1941, aunque rebautizada como Revista Nacional de Arquitectura (RNA) y dependiente de la Dirección General de Arquitectura (DGA). Como recordaría años más tarde Carlos de Miguel, su director más pertinaz:

 

Se llamaba Nacional porque en aquellos tiempos, recién terminada nuestra guerra, así debía ser y todos nos felicitábamos de ello. Era el órgano del Consejo, porque existió desde el principio el interés y el propósito de la Dirección General de Arquitectura de agrupar a todos los arquitectos de todas las regiones de España y finalmente se editaba por el Colegio de Madrid que, en razón a la condición de capitalidad, estaba en contacto directo con la Dirección de Arquitectura.

 

Durante los primeros años, RNA se dedicó casi en su totalidad a la difusión de la obra de la propia DGA, con un énfasis especial en actuaciones urbanísticas y de mejora de la vivienda. La etapa moderna previa al desencadenamiento de la guerra desapareció de sus páginas, y dio paso al elenco de ‘arquitecturas nacionales’ que propugnaba el Estado. Los pocos casos extranjeros que se incluían se reducían a los casos alemán e italiano, referencias foráneas del nuevo gobierno.

 

En vista del coste de la publicación, en 1946 la DGA abandonó su tutela, que pasó al Consejo Superior de Arquitectura, aunque se editara en el Colegio de Madrid (COAM). Entonces comenzó a publicarse la obra incipiente de arquitectos recién titulados, entre los cuales destacan Oíza y Laorga con su propuesta para el Acueducto de Segovia; Fisac con el Gobierno Civil en Murcia o Coderch con algunas viviendas unifamiliares.

 

Con la incorporación de Carlos de Miguel como director en 1948 se iniciaría la etapa más larga —hasta 1973— de cuantas se han dado en la historia de Arquitectura y RNA. Una etapa que, a su vez, consta de dos periodos: una primera década en la que continuaría la publicación de la RNA; y un segundo ciclo de quince años, en el que recuperaría Arquitectura de manera definitiva para el COAM, y la situaría entre las revistas más consultadas y respetadas del ámbito nacional.

 

Sin embargo, en el primer tramo fue cuando se sentaron las bases de la publicación. En primer lugar, los cambios físicos, que afectaron a su formato y aspecto, con una serie de variaciones sucesivas de tamaño que intentarían adaptar la maqueta a las dimensiones de los pliegos. También fue el momento de incorporación de una serie de dibujantes magníficos, como Joaquín Vaquero Turcios, José Luis Picardo, Ramón Vázquez Molezún o Amadeo Gabino, a los que hay que agradecer la elaboración de una serie de portadas sumamente atractivas.

 

En cuanto a los contenidos, los jóvenes arquitectos españoles —Cabrero y Aburto, Coderch y Valls, Moreno Barberá, Sostres, Sota, Fisac, Sáenz de Oíza, Cano Lasso, Corrales y Molezún— comenzaron a ver su obra publicada por encima de la de otros nombres ya consagrados antes de la guerra —Gutiérrez Soto, Feduchi, López Otero o Arniches. La presencia extranjera fue cobrando una importancia paulatina: Alvar Aalto, Marcel Breuer, Walter Gropius, Le Corbusier, Richard Neutra, Gio Ponti y Frank Lloyd Wright se convirtieron en referencias frecuentes en sus páginas.

 

El tema del diseño fue uno de los que más interesó a Carlos de Miguel. De hecho, su interés desembocaría en la fundación de la Sociedad de Estudios para el Diseño Industrial (SEDI). Y aunque los resultados no fueron exactamente exitosos, durante unos años el diseño español y extranjero acaparó un número significativo de páginas de la revista.

Pero, sin duda, uno de los hechos más relevantes en los que se vio implicada la revista fue la organización y publicación de las Sesiones de Crítica de Arquitectura (SCA), unas reuniones entre arquitectos que constituyeron la experiencia polémica y crítica más significativa de esos años. El ciclo se inauguró en 1950 y se prolongó —salvo una pausa entre los años 1960 y 1963— durante toda la etapa como director de Carlos de Miguel, auténtico instigador de dichos encuentros.

 

A partir de 1959 la revista se constituiría definitivamente como órgano del COAM. Su vuelta no supuso un cambio real de línea, aunque Carlos de Miguel disfrutó de una mayor libertad. La revista supo acoger los trabajos de los más jóvenes, como Fernández Alba, Vázquez de Castro e Íñiguez de Onzoño, Peña Ganchegui, Carvajal, Higueras y Miró, y algo más tarde, Moneo, Fullaondo y Bayón. Precisamente este último elaboraría la sección ‘30 d a’, la única dedicada exclusivamente a la difusión de la arquitectura extranjera.

 

La irrupción de estos jóvenes revitalizó la publicación, pero también puso de manifiesto la realidad que se vivía en la profesión: la convivencia de dos generaciones de arquitectos bien diferenciadas. Si a ello se suma el interés creciente por la crítica social desde lo técnico, la sociología y otras disciplinas ajenas a la propia arquitectura, así como la aparición de otras revistas con las que tuvo que compartir protagonismo, puede entenderse la crisis que comenzó a quedar patente en sus contenidos.

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Año 1, número 1

(Arquitectura, revista de revistas):  1973-2018

Javier Frechilla Camoiras

 

 

Tras la larga dirección de Carlos de Miguel las siguientes etapas se caracterizan por ser mucho más cortas -aunque el sistema para nombrar directores siguió siendo el concurso entre colegiados, los periodos se limitaron a dos o tres años- y en general más identificables por la impronta de sus directores sucesivos.

 

Con ese ritmo rápido la propia personalidad de los distintos decanos y sus juntas, las convulsiones en las políticas colegiales así como los distintos episodios de la situación política del país quedan en cierta medida reflejados en muchos momentos en los contenidos de la revista y en la propia elección de sus equipos directores.

 

Se pueden contar (sin tener en cuenta la dirección accidental de Bayón, en 1975, de un solo número que se llamó "Nº 0") en los cuarenta y cinco años transcurridos desde 1973 once equipos de dirección  o  lo que es lo mismo once "año 1, número 1", que hacen de Arquitectura, en el tiempo, una revista de revistas.

 

 Todas estas "revistas" dejaron registro documental de la arquitectura y de los textos de arquitectura de su momento seleccionados desde la mirada e intereses de sus directores y, como ya se ha escrito, de los acontecimientos profesionales, escolares, sociales y políticos de su momento.

 

Permítaseme por ello sintetizar, con el riesgo de la brevedad, lo mas característico, a mi juicio, de cada una.

 

Tras un breve período continuista con la revista de Carlos de Miguel (Gómez Morán, 1973-75) se hacen cargo de la misma Miquel, Alau y Miranda (1976-77) coincidiendo con las turbulencias políticas del comienzo de la Transición y la Junta de Gobierno progresista del decano Vázquez de Castro. La  revista será ahora radical en su diseño, comprometida con la agenda de la realidad -defensa del patrimonio y de lo público- y crítica con el sistema y los modos de producción.

Una moción de censura en marzo de 1976 acabó con la Junta de Gobierno y solo algún tiempo después con esta etapa y... casi con la revista.

 

Esta crisis colegial se cierra con la elección de un Decano, también director de la Etsam, tan dialogante como lo fue Larrodera que nombró al equipo Junquera y Pérez Pita (1977-80). Su revista, abandona el realismo crítico y político de la anterior y retorna  a lo disciplinar.  Cambió a formato cuadrado y su mejor aportación, fue revelar con gran acierto en sus primeros números las arquitecturas que se estaban haciendo en España -Guipuzcoa, Sevilla, Galicia, Madrid...- por jóvenes arquitectos. No es casualidad que esto ocurriera cuando Europa y el mundo ante el éxito de la Transición en una España democrática volvieron a interesarse por la arquitectura española.

 

Este mismo panorama acompañó al siguiente equipo de directores del que formé parte (Capitel, Frechilla y Ruiz Cabrero, 1981-86) enriquecido por el efecto de La Movida de Madrid y por el fuerte incremento de encargos públicos de calidad que desbordaban la capacidad material de la Revista, que definíamos entonces como "una revista española" que también mira hacia afuera.

 

 El siguiente equipo (de la Mata, Nieto y Sobejano, 1987-90) inicia la presencia de la siguiente generación, si la anterior fue la de Mayo 68, estos arquitectos alcanzan la mayoría de edad con la democracia. Por supuesto ello supuso, un foco distinto, una nueva revista, muy bien confeccionada (Porras y Soriano en el diseño gráfico inicialmente) donde las monografías de grandes maestros internacionales dejaban ver menos la arquitectura propia del momento.

 

Porras y Soriano (1991-93) ocuparon después la dirección con una revista experimental, "con vocación de descubrir nuevas y recónditas realidades", de enorme calidad y contemporaneidad en sus contenidos teóricos y su presentación. Sin embargo duró poco, solamente ocho números, quizás por su enfoque muy personal y algo insensible a las obligaciones no escritas de una revista colegial.

 

La reacción del Colegio fue externalizar la Revista, haciéndose cargo el Grupo Z bajo la dirección de Baldellou (1993-00). Quiso ser como la revista de Carlos de Miguel, pero la presión comercial no ayudaba y los "signos de los tiempos" quizás demandaban una revista diferente.

 

La crisis colegial, la inhabilitación del decano del Rey y los nombramientos de decanos de transición llevaron finalmente al decanato, casi de edad, de Chueca en 1999 y a la entrada de un nuevo equipo directivo, inestable en su composición (Capitel y otros, 2000-08), que retomó la idea de una revista eficiente que reflejara lo proyectado, pensado y construido en España en primer término.

 

En mayo de 2007, a punto de iniciarse la depresión económica española Sobrini es votada para ser la primera decana del COAM. La nueva etapa llega de la mano de Arturo Franco (2008-2012). En este caso la editorial programática del primer número no la escribe el director sino que es firmada por Sobrini reclamando una revista  de obra construida, "de arquitectura y no de arquitectos". En tal materia se aplicará  la revista con un formato y diseño sobrio y eficaz destacando que de "obra" se trataba.

 

 Acercándonos a nuestros días, Acebo y Alonso (2013-16) serán los directores de la primera revista editada en formato digital, también sin presentación de línea editorial. Son sus siete números en papel, muy reducidos, los que han permitido que la revista no haya perdido continuidad durante la crisis... hasta cierto punto.

 

Vuelve ahora Soriano con Urzaiz y J. G. Germán, con un número de Manifiesto y un Atolón en Chamartín... ¡y de nuevo en papel!

El último, hasta ahora, Año 1, número 1.

¡Suerte y acierto, compañeros!

 

 

 

 

 

 

La exposición puede visitarse en la segunda planta de

la Biblioteca de la E.T.S. de Arquitectura de Madrid

del 22 de febrero al 22 de  abril de 2019.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

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